lunes, 4 de marzo de 2013

JUAN Y YO

Homenaje a Chuck Palahniuk

“Descubre qué es aquello que más miedo te da y vete a vivir allí.”

Monstruos invisibles




mano

¿Un plan? ¿Tendría un plan? La mera sugerencia ya resultaba irrisoria en un personaje como Juan. Imposible creerle ni la hora. Menos, cuando ponía ese acento afrancesado y neutro. Fue él quien que se llevó consigo a sus seres más preciados para que vibren y sufran los bamboleos de su egocéntrica existencia.
Él mismo.
¿Dá? No.
Y no...

Volviendo a unos cuantos días antes, todo parecía relativamente bajo control. Unas cuasi vacaciones impulsadas más que planeadas por ciertos eventos latosos, como algunas denuncias de una mente aparentemente más desquiciada que la suya, como ciertos cambios laborales, como ciertas ganas de escapar. Nada nuevo.
Y yo ahí, acompañándolo.
Siento las vibraciones que emanan de esas paredes barrocas, su reino, nuestro reino, y me sacan de tema. Porque lo que de verdad, de verdad, de verdad quiero, es que Juan esté muerto. Porque mis padres quieren que esté muerto. Porque la vida sería mucho más fácil si Juan estuviera muerto.

Volvamos al principio del fin. Esto fue en la Gran Fiesta de Carnaval, ésa que solo él podía armar y a la que todos, todos querían ir. Por supuesto, en su mansión heredada de su poderosa y casi desaparecida familia. ¿Mi familia?
Todo lo mejor y en abundancia. Bocados, tragos, drogas, juegos y más. Mucho más.
Pasemos al momento JUAN-SORPRESA-JUAN de la fiesta.
           ¿Cómo es posible que no paremos de mutar y al mismo tiempo sigamos siendo el mismo virus mortal?
Lo dijo con la escopeta colgando de su brazo zurdo y obviamente sin esperar respuesta alguna bajó la escalinata pisando fuerte y lento (era su desfile glorioso, privado y personal).
Yo estaba parada en el medio de todo, atónita y aparentemente ilesa. Miraba la escena a través de mis gafas Alto Romeo como si no estuviera ahí. Claro que no había notado que mi mano colgaba de mi antebrazo de un hilo y el charco de sangre empezaba a mojar mis Luc Boutin. Pero sí noté en el ojo derecho de Juan una gota roja borravino que brotaba y se recostaba en su mejilla.
Sin duda estaba alardeando.
Su discurso continuó enumerando las banalidades cometidas por los damnificados, como vencedor de una cruzada divina y justificada.

¿Cómo puede uno no soportar y a la vez admirar?
El ser humano da para todo. Apreté los dientes y me acomodé el corset con la mano sana. Estábamos en el otoño de nuestro desencanto.

Volvamos unos cuantos años atrás, a las vacaciones familiares. Papá inexistente por su trabajo, mamá tratando de dominar todo. Y Juanchi, mi primo Juanchi, siendo siempre el centro de atención. Por él no íbamos a la comparsa porque había quemado una paloma en plena calle de mediodía. Por él no había caminata para ver la luna salir del mar. Esa vez juntó decenas de sapos en una caja y la dejó en el garaje de la dueña de la quinta.

Mi adolescencia gestó junto con las hormonas un odio impotente imposible de reciclar con los recursos de esa década. Nunca entendí esa, nuestra relación parental. Era bien diferente; no parecía de nuestra sangre. Y mis protestas eran alevosamente ignoradas debido a que todos esperaban algo distinto de mí. Las noches eran demasiado oscuras y demasiado rodeadas de acantilados. Podrías ahogarte con tanto silencio.

Juan sabía cómo domar situaciones. Daba cátedra y enseñaba con detalle cada acción. Sentirse acompañado por mi incondicionalidad lo envalentonaba, y yo no podía negar que su compañía era mi destino. Había perdido todo menos las ganas de vengarme.
Volvamos a la fiesta destrozada.
Cuando un poco de todo ese lujo quedó desparramado por todos lados, sentenció:
—Puedo ser el que quiera.
Él y su escopeta silenciaban lo excedente en forma rápida y eficaz. Acto seguido nos trepamos a un AuDi alquilado por alguien de la fiesta y Juan encaró la ruta con aquella decisión que lo hacía brillar.
Era enorme. Bello y enorme. Y yo me sentía tan pequeña sin mi mano…

Volvamos al momento en que Juan me ató la mano a mi brazo con un mantel de encaje blanco de la fiesta.
—Nunca te pongas en un lugar de lástima, nena. No puedes ser bella hasta que te sientas bella. Tienes un potencial infinito para que te hagan daño. Cuando hayamos destruido este planeta, Dios nos dará otro. Se nos recordará más por lo que destruimos que por lo que creamos. Ya veremos quién serás a partir de ahora.
¿A partir de ahora?
¿En qué momento el futuro dejó de ser una promesa para convertirse en una amenaza? ¿Habrá sido cuando descubrimos esos escalones y pasillos verborrágicos hacia nuestra preciada azotea? Los subimos una, diez, mil veces durante nuestro pasar en esta vida. Y esas paredes cóncavas, repletas de historias siguen allí, en el living de mi memoria.

Volvamos a cuando Juan estacionó en la puerta del edificio. Yo sabía que acabaríamos ahí. Directo y sin escalas. Nuestro edificio. La calle vacía en esa madrugada ya casi muerta. Ábrete sésamo y a subir.
Subir, descanso, subir. La escalera siempre fue nuestro momento de introspección, de confesiones; nuestro.
Agarré el labial de la cartera y en cada pared de los descansos empecé a escribir sin pensar. Quería confesar todo. Todo ese oscuro sentimiento que me llenó la vida hasta ahora. Hasta ahora. Porque no lo quería más conmigo. Quería escupirlo, estrellarlo en esas paredes como muestra de desapego a mi dolor.
—Lo mejor es no oponer resistencia, sino dejarse ir. No te pases la vida intentando arreglar las cosas. Cuando huyes de algo solo consigues que permanezca más tiempo contigo. Cuando luchas contra algo, ese algo se vuelve más fuerte.

Sus palabras me inundaban. Casi llegando a la azotea me empecé a sentir limpia, y mis agobiantes sentimientos por Juan transmutaron en algo que desconocía por estar siempre tan ocupada encerrándome en el odio.
Me di cuenta lo que era el Amor. Y que en realidad siempre estuvo allí.

Y sí. Tenía un plan. Tenía un plan para mí. Era eso, que lograra verme a mí misma sin miedos ni culpas. Tal cual soy. Quería salvarme gracias al caos. Comprobar si era capaz de obligarme a mí misma a crecer de nuevo haciendo explotar mi espacio de comodidad.

Sentí profundamente el Amor que fluía hacia ese ser que con su arrogancia logró lo que nada en este mundo.
Juan, ése que parecía escapar de todo, ése que destrozó santidades, ése que generaba amores y odios con su sola presencia, tenía un plan.

Al abrir la puerta de la azotea vimos el cielo más claro. Parecía un amanecer más. Él se dio vuelta para que vea sus ojos sonrientes y felices. Caminando hacia atrás abrió los brazos como abrazándome y luego abrazó al cielo. Y mirando las estrellas desapareció, entre el borde y la niebla.
Sin duda no fue un amanecer más.

Bajé por el ascensor. Su espejo me mostró una cara con el maquillaje chorreado de tanto llorar. Lo que necesito ahora es hacer las cosas por mí misma. Escribir mi propia historia. Salí y un taxi me llevó al hospital.

Antes que Juan se fuera de esta vida, pude, en esa escalera transformar todo mi odio hacia él, hacia mí y hacia el mundo en Amor Incondicional. Amor verdadero. Verdadero Amor.
Y mi vida empezó de nuevo.



en la azotea


cMc | 13.2.13.
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13.8.15.
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para:
Cabecera blog



2 comentarios:

  1. Intenso, sangriento, cruel y repleto de sentimientos encontrados. Las personalidades de los protagonistas, impecables.
    Lo había comentado en "La Azotea", lo leo nuevamente aquí, lo vuelvo a disfrutar, y otra vez a dejarte mi parecer (no lo puedo evitar...)
    ¡Saludos!

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    Respuestas
    1. aunque un poco tarde, nunca es tan tarde. GRACIAS JUAN!

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